El reprendido, sálvese quien pueda
Con tiempo de sobra, Héctor Melesio Cuén Ojeda, más que en sentido profético hizo un diagnóstico del estado de gravedad y el contagio con el que avanzaba el Covid-19 entre la población. En minutos, lo tildaron de alarmista y por causa de intereses del poder político que se entremezclan con los empresariales en una red que se beneficia del dolor, la enfermedad y la muerte, le recriminaron su postura desde las altas esferas.
El presidente del Partido Sinaloense que habló en calidad de químico fármaco biólogo y que maneja laboratorios del ramo, alertó tras verificar los hechos desde Mazatlán, que el puerto estaba infestado de enfermos.
Y que los hospitales tanto el General como el Instituto Mexicano del Seguro Social registraban cupo lleno de víctimas. Desde hace casi un mes, lamentó que “se agotaron las camas”.
En todas las ciudades del estado, el relax estuvo en su máxima expresión. La autoridad estatal, obviamente, que lo propició porque abandonó las medidas preventivas y se hizo “de la vista gorda”.
Y para “acomodarle más leña al fuego”, personajes investidos de entidad de gobierno, en una infame contradicción, convocaron a mantener abiertas las playas y los diferentes centros de recreo. Las plazas y otros espacios más que concentran multitudes.
Especialmente entre los mazatlecos, se abrieron las puertas de par en par. Todo por el interés económico.
A poco más de veinte días, el triste panorama le dio la razón a Héctor Melesio Cuén Ojeda. Clínicas saturadas, nuevas personas que contrajeron el coronavirus en poco más de medio millar por día –casi 600-, el deceso de decenas de adultos y actualmente de niños, que decían que jamás se infectarían, revelaron la cruda realidad, gracias a la absurda actuación de autoridades de los tres niveles y de dueños de empresas voraces.
Protagonistas de un teatro siniestro.
Que antepusieron su bienestar financiero por encima de la sagrada salud y de la vida de los habitantes, cuyo grado de destrucción, atestiguan las filas de cientos de familiares que en medio de la angustia, luchan por comprar un tanque de oxígeno a precio de oro, y que para su desgracia, no lo encuentran en ese mercado negro donde tanto al gobierno como a las empresas mercenarias, están cebados por el dinero.