Por Francisco Rocha García
No podía quedar asi: a una acción, una reacción
Sin dejar de condenar la indefensión en que de nuevo se colocó a la población porque las autoridades no operaron con eficacia una estrategia para evitar el desbordamiento de la violencia en Sinaloa, lo de Ovidio Guzmán no podía quedar asi y su captura tenía que ejecutarse. El Ejército Mexicano buscaba arrancarse la astilla que aquel 17 de octubre del 2019 le incrustó la orden de liberarlo cuando lo tuvo en sus manos.
Y que complementariamente lo expuso como una institución débil, lápida con la que cargó por más de tres años luego del fracaso del sonado Culiacanazo.
La Secretaría de la Defensa Nacional, “trajo en sal” ese objetivo durante todo este tiempo y sabía de los cuestionamientos que en murmullos la sociedad expresó, al sentir que se metieron con ella. Probablemente este fue el error.
Le urgía sacudirse el estigma y demostrar de lo que es capaz su fuerza para caer sobre quien concluyeron que rebasó los límites.
Desde la contra orden que se dio desde la más alta esfera del poder mexicano, grupos de militares de alto rango, empezaron a asumir diferencias con su mando central que salieron a la luz pública y que jamás pudieron procesar para olvidar lo que fue uno de los más penosos agravios.
Era algo que no los dejaba dormir y nunca perdieron la esperanza de atrapar a quien antes dejaron ir por la puerta grande.
A quien los marcó en la guerra contra la delincuencia organizada, una de las más grandes batallas, perdidas.
La respuesta, no podría esperarse diferente. E igual, “no podía quedar así”.
No hay duda, y asi lo consideraron autoridades y líderes de organizaciones privadas como las de Comercio y de la Industria de la Transformación, que el Ejército Mexicano recuperó su reputación.
Más no debió subestimar el poderío que nuevamente demostraron los grupos del crimen que sembraron el caos al incendiar parte de las ciudades y carreteras. Que como legiones artilladas surgieron de la nada y cubrieron de miedo a un pueblo entero a punto de rendirse.
Posiblemente, en ello se visualizó un punto de fragilidad de las autoridades que no supieron y ni siquiera tuvieron las horas necesarias para salvaguardar a las familias que estuvo en el fuego cruzado.
La que se tuvo que cubrir con lo que estuvo a la mano o que simplemente quedó indefensa.
No hubo un mecanismo para reducir los efectos colaterales aunque la opinión colectiva es que fueron menores a los de la ocasión pasada. No puede ser una justificación pese a que sea un paliativo entre aquellos que vivieron en carne propia horas de horror o entre los deudos de quienes perdieron a uno de los suyos, sean personas comunes y corrientes o policías y soldados.
Asi como los convoyes de la Sedena burlaron a los punteros cuando arribaron a Jesús María, debieron tender círculos de protección para que no se registraran los excesos que alcanzaron a los médicos y al aeropuerto internacional de Culiacán.
Es cierto que el gobernador Rubén Rocha Moya sacó la cara para estar al tanto del suceso y para llamar a la calma a los sinaloenses, molestia que no tuvo su antecesor Quirino Ordaz Coppel para vergüenza de sus gobernador.
Y que el secretario de Seguridad Pública del Estado, Cristóbal Castañeda hizo lo propio ante el conflicto al igual que los militares, pero se careció de una opción estratégica para sacar de la línea de tiro a muchos pobladores a los que tomó por sorpresa el acontecimiento que pudo obligar a contar graves consecuencias.
El Ejército de Blanco, entre el fuego cruzado.
Después de la confrontación biológica que sostuvieron contra el Covid-19 y en la que sufrieron embates de sus vecinos y pacientes al ser parte de esa guerra biológica los médicos, enfermeras, auxiliares y trabajadores administrativos y de intendencia del ISSSTE, IMSS, otros hospitales públicos y privados no se rajaron y ocuparon la primera línea de resistencia durante el desarrollo del segundo “Jueves Negros”.
En estas trincheras aparecieron igualmente los cuerpos de rescate y de auxilio como la Cruz Roja, los Bomberos y Protección Civil, a quienes quisieron secuestrar y aún asi prestaron los servicios, independientemente de las policías que se activaron.
Se cuenta que se quedaron a dormir en sus “cuarteles” y doblaron el turno porque se suspendieron las labores el 5 de enero. La gente en la vía pública ya destaca su reconocimiento y aportación al mérito de su solidaridad.